Desde Medellín, culpas y deberes para una derrota del Sí

Por: Lukas Jaramillo

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Ante los resultados democráticos del No a lo acordado en la Habana, lo primero que surge es la pregunta de la responsabilidad individual y organizacional. Por primera vez la organización de la que hago parte tuvo una posición electoral y era el sí. Tuvimos que recordar en Medellín que organizaciones de la sociedad civil no sirven para conseguir votos –eso tiene su técnica, su logística y su pragmatismo.

¿Pero qué pasó y en qué quedamos como colombianos?

La gente votó en contra de las FARC, como protesta a una clase política muy desconectada y con las desesperanza que causa un sistema económico mundial en crisis.

La gente votó en contra de las FARC

El final del gobierno de Andrés Pastrana, los dos gobiernos de Uribe y el primer gobierno de Santos nos enseñó a estar en contra de las FARC y creó un ambiente de odio hacia este grupo; casi que nos puso en un código binario de deshumanizar por completo a las FARC-EP o ser miembro de su organización. La histeria del país con grandes medios y extraños periodistas nos puso en una dimensión de unanimidad extrema para buscar la eliminación de este grupo. Había que humanizar en meses a un grupo que lo habíamos despojado de razón y de emociones legitimas en más de 12 años.

Protesta a una clase política muy desconectada

La mayor crisis de Colombia es de ciudadanía y tenemos un inmenso problema de huevo y de gallina: ¿la ciudadanía creará sus partidos o sus partidos crearán los nuevos ciudadanos? Sin duda hay una porosidad entre una cosa y la otra que se ha distorsionada por nuestro desarrollo histórico de una clase dirigente y una casta política.

La relación entre Juntas de Acción Comunal, Concejos Municipales y Partidos está distorsionada, extremadamente funcionalista y pragmática, sin atisbo de discusiones desde la imaginación y los deseos republicanos y tantas veces sólo en función de lo electoral como un negocio de poder sin ningún entusiasmo. Se trata de la relación de gente que vive de la política y gente que sobrevive en la política.

En Medellín y Antioquia que nos vemos como unos histéricos irracionales anti-paz, hay que analizar también que la abstención para el plebiscito fue similar que para las últimas elecciones locales (53%–50%) y que esta abstención fue menor en Medellín que en Cali (63%).

En una elección como esta, la gente no se movilizó por un abstracto sobre el que los Partidos nunca les habían conversado y en muchas partes no le vieron funcionalidad. Otra gente, con toda dignidad, le apostó a sancionar –ya no a los partidos porque no los tienen en su agenda– sino al rostro del sí en una cultura política personalista: políticos palaciegos, incoherentes y con falta de carisma.

Los alcaldes en Antioquia se sintieron mal agenciados por un gobernador que los reunió en las últimas semanas a acelerar su apoyo a algo que seguía desconectado de la periferia, ampliamente definido por políticos y tecnócratas de la centralidad. La gente quiso castigar al presidente Juan Manuel Santos el dos de octubre, un político que sólo se presentó a elecciones para ganar la presidencia.

La desesperanza de un sistema económico mundial en crisis

Como académicos, universitarios o tecnócratas, terminamos descartando argumentos populares, productos de etnografía y provenientes del diálogo barrial o de base: la gente nos dijo de todas las formas que le daba rabia que le diéramos dinero a las FARC (como una consecuencia de los acuerdos). Lo que subyace en esta queja es ¿por qué primero las FARC y luego los pobres históricos, los desplazados que han tenido la valentía de nunca ser violentos?

El problema de ingresos y sustento en Colombia es grave y empeora en un modelo cultural de consumo. Se ha hecho mucho en vivienda y algunas ciudades –como Medellín– tienen un ecosistema socioeconómico que a partir las multilatinas financieras (y de servicios financieros) o hidroeléctricas –puntualmente EPM– y de la gratuidad crean una mínima estabilidad. No obstante estamos en una era donde los programas sociales están en vilo, las políticas de generación de ingresos son meros anuncios y nos ha parecido ideológicamente impensable un sistema transitorio de subsidios que saquen a familias de la inviabilidad financiera mientras reciben un apoyo estatal.

La crisis económica es mundial y empieza a mostrar lo complejo de las burbujas de financiarización (riquezas virtuales y de papel), pero sin duda los países que han afrontado mejor está crisis mundial son los que pueden generar una autonomía alimentaria. Colombia se dejó montar en un espejismo urbano, acorde con la idiosincrasia de la clase dirigente (que desde el comienzo de la república hasta ahora conoció primero Londres que Bojayá o Toribío), que dejó empobrecer el campo en modelos extractivos y sin simbiosis.

El empobrecimiento del campo es tan hondo que lo que hizo fue eliminar la dignidad de ser campesino. Campesino en Colombia es sinónimo de analfabeta, pobre, feo y –para los jóvenes– de un aburrimiento extremo. Hace 100 años nuestro orgullo era ser un país de muchas ciudades, hoy los polos de desarrollo son insuficientes y están creando cinturones de pobreza urbanos y campesinos cada vez más pobres y distantes.

Los del No

La principal trampa de esta coyuntura es pensar que los del No son ignorantes, sobornables o perversos. Aquí es interesante volver a ser cientistas sociales y simplemente falsear: conozco artistas en Medellín que votaron no, personas inteligentes, integras y con grandes convicciones sociales. Ellos querían sancionar la metodología de los acuerdos; nos hacen pensar que quizá la consulta debió ser al principio y que nos falta mucha imaginación y técnica para hacer construcciones colectivas –hoy cuando hay tantas herramientas virtuales para hacerlo.

El acuerdo trata de resolver temas colombianos profundos en un acuerdo donde faltan sectores y fuerzas políticas: aunque personalmente me gusta la propuesta de ruralidad, no deja de ser extraño que haya que esperar a los acuerdos con un grupo alzado en armas para empezar a superar la deuda histórica con el campo.

Lo que sigue

Lo que sigue es todo.

Lo que sigue es volver a ampliar el nosotros, encontrar que nos hace una mayoría, que nos devuelve la concordia. Las FARC no es, porque tenemos más en común con los que dijeron No de lo que creemos: también somos profundos críticos de las FARC.

Tenemos que crear muchas ciudades amables de 30.000 o de más de un millón de habitantes, imaginadas por los artistas y vueltas a construir por sus adolescentes.

Esto no lo podemos resolver en 6 meses, ya sabemos que hay muchos prerrequisitos para la reconciliación donde tenemos que desarrollar una nueva experiencia de ciudadanía desde la adolescencia y en desnaturalizar la violencia. Sólo así nos encontraremos con una reconciliación que transforme y no sea decretada.

Aprendimos la lección.

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