1. Parcería y arte.
El oficio de vivir tiene en su centro ser buen amigo y crear por placer o hacer cosas placenteras que sean creativas.
Para ser buen amigo hay que generar espacios y condiciones para ejercer la amistad y desaprender la mala competencia y el individualismo insolidario.
El arte lleva a la sensibilidad, a tener una valoración estética o una persecución de la sensación de la belleza. El arte es también otra relación con el cuerpo, el otro y el entorno. Todo ciudadano, todo niño y todo adolescente debe de poder ejercer el arte -como retaguardia emocional-.
El arte en la ciudad nos pone en “modo fiesta” y hace que el aprendizaje deje de ser obligación o castigo y se pueda entender también como disfrute.
2. Rebeldía amorosa.
Necesitamos que niños, niñas y adolescentes que llegando a acuerdos y aprendiendo del cuidado no pierdan una rebeldía: la rebeldía de pensar por ellos mismos, de notar injusticias, de expresarse y de decir basta.
Nos proponemos adolescentes que no sean manipulables, que crean en ellos mismos y puedan dudar de cualquier docente, guía y hasta familiar, para que en el día de mañana puedan dudar y negar a un criminal, a un corrupto y a un maltratador.
La rebeldía amorosa nos pone en la discusión ética sobre los acuerdos, los compromisos y las convicciones, pero también exige el cuidado mayor y constante de la autoestima: es mejor no hacer nada a dañar la autoestima de un adolescente.
3. Derecho a la ciudad y en movimiento.
Tanto para el derecho a soñar, como para aumentar la protección necesitamos de movilidad física. Esta movilidad física -por nuevos vínculos, referentes y lugares para habitar- contribuye a una movilidad mental para construir nuevas prácticas y nuevas identidades -y nunca estar destinado-.
Es importante que desde una rebeldía amorosa se construya desde la adolescencia un ciudadano que está creando permanente su ciudad, esto pasa por la construcción y protección de lo público, la veeduría y la reclamación de espacios y de nuevas posibilidades.
La reflexión sobre la ciudad como experiencia tangible es la mejor pedagogía para la ciudadanía: saliendo de la paradoja de deberes y derechos para llegar a la creación de posibilidades y la corrección de injusticias.